Maneras de construir

El presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, ha anunciado que durante la próxima legislatura se van a destinar 9.000 millones de euros a la “rehabilitación energética” de edificios. Esto consiste en hacer ciertas reformas en las construcciones realizadas antes de que entrara en vigor, en 2006, el Código Técnico de Edificación (CTE). Se pretende así ahorrar energía y conseguir eficiencia energética, es decir, un mejor uso de la energía disponible. Cambio climático manda. Pero tan loable y necesaria empresa no esconde que el CTE nació tímido, muy tímido, pues para no “tocar” ciertos intereses empresariales del sector constructivo se aporbaron con él algunas medidas que poco tienen que ver con la ecología. 

Típico cortijo alpujarreño ejemplo de construcción integrada en el medio ambiente (Fotos: Miguel Jara)

En el apartado denominado Salubridad, página HS-i, puede leerse: “Higiene, salud y protección del medio ambiente” tratado en adelante bajo el término salubridad, consiste en reducir a límites aceptables el riesgo de que los usuarios, dentro de los edificios y en condiciones normales de utilización, padezcan molestias o enfermedades.

Como indica un experto en alternativas constructivas ecológicas: “pretenden que nos creamos que su misión es la de proteger la salud y el medioambiente. En la página HS1-21 nos recetan los plásticos Bituminosos, PVC, EPDM y las poliolefinas. Los ‘normalizan’ con ciertas normas españolas ad hoc y con un coste simbólico, la mayoría de las veces subvencionado. Además, todos los materiales que se apartan de estos -químicos sintéticos y peligrosos para la salud, como se ha publicado en numerosas ocasiones-, están grabados por un Documento de Idoneidad Técnica (DITE) y con un coste aproximado de 30.000 € al solicitarlo, 6000 € en concepto de cuota de mantenimiento anual y a los cinco años volvamos a empezar de nuevo”. Es decir, se disfraza de ecológico un CTE que no lo es, desde el punto de vista de que fomenta el uso de materiales tóxicos para las personas y el medio ambiente, al tiempo que se “castiga” el empleo en construción de materiales verdaderamente ecológicos y sanos.

La utilización de materiales constructivos de la comarca donde se ubica la edificación es una de las claves de la ecología de una vivienda

La presión industrial, sobre todo del sector químico, ha conseguido que en muchos casos los citados intereses hayan marcado las pautas del “desarrollo”, sin tener en cuenta el principio de precaución.
En numerosas ocasiones, los profesionales y las administraciones se han rendido ante las propuestas de la industria del ramo. Algunos productos utilizados en la construcción son altamente dañinos para las personas y por supuesto para el medioambiente, y se han utilizado y se utilizan sin reparos.
Algunos ya se están proscritos, como el amianto y ciertos aditivos del cemento como el cromo, aunque estos productos cancerígenos existen y existirán por mucho tiempo en multitud de edificios.

En bioconstrucción suelen emplearse formas que imitan a la naturaleza

 

Otros continúan utilizándose como el citado PVC, las lanas de roca, los compuestos químicos de las pinturas y barnices, el aluminio, los aditivos de cementos y yesos o los aislamientos sintéticos derivados del petróleo. Muchos de ellos conllevan un desgaste enorme para nuestro planeta, gastos no cuantificados por ahora. No, definitivamente con el CTE se ha perdido la ocasión de impulsar la utulización de técnicas y materiales de bioconstrucción, tanto para la rehabilitación de los edificios ya existentes como para las nuevas edificaciones.

Existen empresas y profesionales que apuestan por una construcción lo más ecológica posible (teniendo en cuenta que cualquier construcción implica en sí mismo destrucción: allí donde construyamos un edificio, por muy ecológico que sea en su diseño y materiales, no volverá a crecer la hierba, literalmente).

Pero aún advirtiendo dicha realidad, es cierto que es posible una construcción de bajo impacto ambiental, de gran ahorro y eficiencia energética, que utilice energías limpias, que aplique criterios de geobiología y búsqueda del buen sitio en su ubicación y que utilice materiales sanos para las personas y para el entorno natural. Es lo que conocemos por bioconstrucción.

Los conspiradores tóxicos

La Iniciativa por la Transparencia en Europa, que ha elaborado el vicepresidente de la Comisión Europea, Siim Kallas -conocida por ello como Iniciativa Kallas- toma la recta final para su aprobación. El proceso está siendo largo y cuenta con no pocas presiones. A finales de la década de 1990, el Parlamento Europeo creó un registro del personal que compone los grupos de presión empresarial, también conocidos como lobbies, acreditados ante el Parlamento mediante una tarjeta de acceso total a sus dependencias, incluidos plenos y comisiones.
 
Jaime Costa, lobbista de la multinacional biotecnológica Monsanto (Fotos: Agencia Dossier)
 
Las filtraciones periodísticas pintan una situación nada halagueña: en la actualidad existen 4.435 lobbistas oficialmente registrados en la Eurocámara. Como contamos Rafael Carrasco, Joaquín Vidal y quien les escribe en nuestro libro Conspiraciones tóxicas: Cómo atentan contra nuestra salud y el medio ambiente los grupos empresariales, con un aforo de 732 escaños, la proporción de lobbistas por eurodiputado es ¡seis a uno! para los primeros.
 
Estimaciones oficiosas comúnmente aceptadas indican que, sólo en Bruselas, la capital de la Unión Europea, operan unos 2.000 lobbies que dan empleo a 15.000 personas, repartidas por los departamentos de “asuntos regulatorios” de las empresas multinacionales, las asociaciones empresariales, ONG´s, agencias de relaciones públicas, consultoras de “asuntos públicos”, bufetes legales e institutos de ideas o “think tanks”.
 
Según el Observatorio Europeo de las Corporaciones (CEO), una fundación anti-lobbies con sede en Amsterdam (Holanda), unas 200 multinacionales han abierto oficina en las cercanías de la Comisión Europea o de la Eurocámara para tratar con ellas asuntos de su incumbencia. Ninguna gran compañía europea, norteamericana o japonesa que se precie de ofrecer sus productos en los mercados internacionales carece hoy de representación en Bruselas.
 
Viaje “turístico” de la organización anti-lobbies CEO por los grupos de presión corporativa de Bruselas
  
Esta misma asociación estima que el gasto del lobbismo empresarial en la capital belga sobrepasa los 1.000 millones de euros al año. Esta es una cifra realmente mareante pero que no ha de extrañar demasiado si tenemos en cuenta que para la petrolera BP o la tabaquera Philip Morris, el alquiler de sus oficinas en la Plaza de Schuman (la misma plaza donde se ubica la Comisión Europea) les cuesta cada año la módica cifra de 300 euros por metro cuadrado.
 
Por todo ello, la Comisión Europea ha lanzado su Iniciativa por la Transparencia Europea, que, entre otras medidas, propone limitar las actividades de estos profesionales ante las instituciones políticas, un registro voluntario de lobbies y lobbistas e incentivos para hacer públicas sus actividades, naturaleza y financiación.
 
La propuesta, elaborada por el comisario europeo para Asuntos Administrativos, Siim Kallas, ha sido rechazada tajantemente por las tres asociaciones de lobbistas (la de los profesionales en general, la de los “cabilderos” del Parlamento Europeo y la de las empresas consultoras) pero, aún así, está prevista su aprobación esta próxima primavera.
 
Acto del lobby Amigos de Europa en la Comisión Euroepa. Las fiestas que ofrecen las corporaciones multinacionales a los europarlamentarios son muy habituales en Bruselas y suelen estar regadas con champán y buenos caldos
 
En España, se desconoce prácticamente todo sobre la influencia de los grupos de presión en las políticas de las administraciones públicas, pese a lo cual, el lobbismo es una actividad en auge que ejercen cientos de multinacionales, asociaciones empresariales o las pujantes consultoras de “asuntos regulatorios”.
 
La “mano” de estos grupos ha marcado iniciativas como el Plan Hidrológico Nacional, el apoyo público a la energía nuclear, el impulso de las centrales térmicas o las plantas petroquímicas o la fiebre de las urbanizaciones con campo de golf en la costa.